LA SOCIEDAD DE LOS 90: CONTEXTO HISTÓRICO Y MARCO TEÓRICO PARA EL ESTUDIO DE SUS DISCURSOS

 

Silvia Noemí Barei – Univ. Nacional de Cordoba

 

 

En este trabajo nos ha interesado observar las políticas de socialización y construcción de la cultura nacional a través de distintas manifestaciones discursivas de lo que puede denominarse “sociedad humorística”, es decir un estado actual de la cultura en el que las manifestaciones del humor son diferentes de aquel de las sociedades modernas. (Lipovetzki, 1990)

Década de mutaciones no solo económicas, sino fundamentalmente sociales y culturales, puede ser definida por la fragmentación de la sociedad y el individualismo, fenómenos que por otra parte, han sido calificados de "posmodernos" y "globales": afectan no solo a la sociedad argentina, sino a las sociedades occidentales en general en este fin de siglo.

Fue Lyotard quien acuñara con éxito en 1979 la expresión que da título a su libro "La condición postmoderna" en términos de análisis de una historia que todos estamos viviendo en la actualidad y que ha tomado ribetes apocalípticos en ciertas teorizaciones contemporáneas acerca de la desaparición del sujeto, el fin de la historia, la muerte de las ideologías, la decadencia del arte, la precariedad de los grandes relatos, el fracaso de la revolución, etc.

Hay que subrayar que estas ideas se manifiestan como radicalmente peligrosas porque han llevado al sujeto contemporáneo a la creencia de que ya no hay nada que hacer, a una legitimación de la renuncia y el desaliento, al refugio en las formas de la vida privada.

Caído el muro de Berlín y por lo tanto el eje Este-Oeste e instaurado un "Nuevo Orden Mundial", otro proyecto histórico social invade la escena: el imaginario capitalista de un mundo globalizado[1], que transforma velozmente la realidad social y aparece evidentemente como llamado a expandirse rápidamente en contradicción frontal con el proyecto de emancipación y autonomía de la modernidad.

Superado el orden bipolar que rigiera desde 1945 a 1989, el papel de las grandes potencias, las alianzas entre ellas, el poderío combinado euro-estadounidense, la fragmentación y represión brutal desatada contra los países disidentes de la actual composición rusa, la existencia de estados satelitales y estados parias, ha demostrado que nada es incompatible con la globalización y que la marcha hacia ella, si bien es casi inexorable, es también a la vez más asimétrica.

Este imaginario globalizado encuentra rápida respuesta en las direcciones políticas contemporáneas, su superficialidad, su incoherencia, su versatilidad y el pragmatismo exacerbado de sus ideas aliadas rápidamente con los intereses de los países centrales, como es el caso de la Argentina -y en general, los países de América Latina- en los 90.

 

1. El contexto histórico-social

 

En los convulsionados meses que precedieron a las elecciones de 1989, pocos hubieran sospechado que el futuro presidente, Carlos Menem, decidiría cambios de tal profundidad en la Argentina. Un provinciano que prometía una "revolución productiva" y saludaba con lenguaje sensiblero "Que Dios los bendiga, los abrazo sobre mi corazón", que era visto con desconfianza por los operadores económicos y las clases altas y que llegaba a la Casa Rosada desarreglado, pelilargo y patilludo.

Si en el siglo pasado un caudillo federal, Justo José de Urquiza, entraba a Buenos Aires con poncho y galera, en un amago de síntesis que se lograría a duras penas, en la última década de éste, otro provinciano se animó a mucho más: en poco tiempo nada quedaba de sus patillas y su perfil transgresor y poco de la historia de la fuerza política, el peronismo, que lo había llevado al poder. La gestualidad populista quedó para las cámaras de televisión y en materia de política y economía Menem liquidó su propio folclore y puso su empeño en el reforzamiento de su poder extendido a todas las instituciones (sindicatos, partido propio y opositores, empresarios) que se doblegaron ante su mandato.

Desde el comienzo, Menem puso en claro que no llegaba a "combatir el capital" designando en el Ministerio de Economía a un ejecutivo de Bunge y Born y mandó al Congreso Nacional una ley de Reforma del Estado que proponía privatizaciones, eliminación de subsidios y reducción de personal. Las privatizaciones empezaron con los teléfonos, Aerolíneas Argentinas, Segba, YPF y Gas del Estado en una carrera desprolija que cambió el mapa económico y que dejó al Estado 39.000 millones de dólares. Fue el comienzo de una tendencia que marcó una década e impactó sobre el pueblo: las mayores compañías fueron compradas por empresas extranjeras.

Como sucedió en Europa y en otros países de América Latina, las redes de telecomunicación globalizadoras fueron las que estuvieron más fuertemente implicadas en las tendencias más abarcadoras de la reestructuración de los capitales, reconfigurando sus operaciones como cadenas cada vez más integradas de producción global. Movieron grandes masas de dinero y estuvieron fuertemente sospechadas de corrupción en sus alianzas con el poder menemista.

A comienzos del 91, un ataque especulativo contra el Austral obligó a un recambio de ministros y de política: llegó Domingo Cavallo y la Ley de Convertibilidad. De la mano un peso = un dólar comenzó a revertirse la inflación y la gente empezó a consumir. Del 84% de inflación en 1991, se bajó al 1,6% en 1996 y cuando surgieron los efectos de las crisis en México, el sudeste asiático y Brasil, el sistema finaciero en su conjunto, logró superar el problema sin que el estado debiera devaluar. Sin embargo quedó al desnudo la otra cara de la economía argentina: a mediados de los 90, terminado el grueso del ciclo privatizador, la deuda externa comenzó a subir nuevamente, de 64 millones de dólares en 1989, la deuda del Estado argentino pasó a 114 millones de dólares y en el 2000, el nuevo gobierno enfrenta vencimientos por 17 millones de dólares. Al mismo tiempo, el nuevo modelo económico expulsó a los más desprotegidos y dejó una Argentina desamparada peleando sin suerte el derecho de sobrevivir en la marginalidad:13 millones de pobres y 4 millones de personas con problemas de trabajo (desocupados o subocupados).   

El sociólogo Luis Alberto Quevedo ha resumido con acierto estos contrastes:

 

La década de Menem deja como herencia algunos logros a nivel de las reformas estructurales de los primeros años de su gestión, y al mismo tiempo deja una deuda social nunca antes registrada. Menem desmanteló las bases del Estado de Bienestar y arrojó a la sociedad a una suerte de lucha de todos contra todos. Menem nos deja una sociedad profundamente fragmentada, una economía hiperconcentrada con un desempleo estructural sin precedentes, al mismo tiempo que instaló en el gobierno la mayor máquina de corrupción de toda nuestra historia. El balance no es bueno, pero todos estamos seguros de que "Menem lo hizo". (Diario Clarín 5/12/99)

 

Logros y deudas fueron posibles gracias a una conjunción de factores que se aunaron al poder político y económico y al vasto movimiento de despolitización propio de la década: la nueva legislación en materia laboral, la decidida colaboración de la jerarquía sindical nucleada en un CGT única y la desocupación masiva que actuó como poderoso disuasivo de la protesta social. Esta quedó limitada a hechos serios pero relativamente aislados (piqueteros, tractorazos, carpa blanca docente, manifestaciones estudiantiles siempre controladas con el recurso de los bastonazos y los gases)

La transferencia de ingresos desde los asalariados a los dueños de los capitales es una constante de la década. Solo entre 1993 y 1997, la proporción acaparada por estos últimos subió del 57 al 62,8% Según lo consignan las estadísticas, hoy, el 20 por ciento más rico concentra más de la mitad del ingreso nacional, mientras su equivalente más pobre alcanza apenas el 6 por ciento[2]. Esta desigualdad radical, que lamentablemente no es solo propiedad de la Argentina de los 90, ha llevado a muchos intelectuales a tratar de responder a las preguntas que Cornelius Castoriadis ha formulado de esta manera:

 

¿Cómo y por qué las sociedades más ricas, las más productivas que jamás la Tierra haya alcanzado, se encuentran amenazadas mortalmente por un régimen que no llega a alimentar y a alojar decentemente a su población?. ¿Cómo y por qué se produce y se mantiene esa fantástica ceguera voluntaria de las poblaciones occidentales ante las virtualidades monstruosas que, evidentemente, conlleva este estado de los hechos? (97:17)

 

Por otra parte, el vasto movimiento de despolitización de la ciudadanía en general, ha llevado a una especie de escepticismo general que tiene su correlato en la expansión del poder de los medios y la promoción de figuras políticas carismáticas (no en el sentido tradicional de la relación de empatía de un líder con su pueblo), ligadas a las imágenes publicitarias y mediáticas. El fenómeno de traslación de lo político de la calle y la plaza pública al salón del hogar, y de las tribunas a los programas televisivos, ha sido ya ampliamente estudiado por sociólogos y comunicadores.

En un libro que fuera biblia del mayo del 68 y profético de los tiempos que vendrían Guy Debord analizaba las propiedades de una incipiente "sociedad del espectáculo":

 

El espectáculo se presenta como la sociedad misma y, a la vez, como una parte de la sociedad y como un instrumento de unificación. En cuanto parte de la sociedad, se trata explícitamente de aquel sector que concentra toda mirada y toda conciencia. Por el hecho mismo de estar separado, este sector es el lugar de la mirada engañada y de la falsa conciencia, y la unificación que organiza no es más que el lenguaje oficial de la separación oficializada (99:38)

 

No hay que dar muchas explicaciones para trasladar la mecánica del análisis de Debord a la sociedad actual y más específicamente a la Argentina de los 90.

"Epoca de conformismo generalizado" y de "avance de la insignificancia",  como la define Castoriadis (97:124), los modos de funcionamiento de la cultura ligada a las políticas del mercado han hecho que en muchos casos, lo marginal o contestatario se convierta en algo reivindicado y central y que la subversión (en el arte, la política, el pensamiento crítico) sea una curiosidad interesante que puede convertirse en un fenómeno comercializable.

Tal vez lo más paradójico y también alarmante es que en la medida en que los países se integran, se globalizan a través de los mercados y de la revolución de las comunicaciones, la televisión y las redes, también se van desintegrando en sus proyectos nacionales y sus proyectos creadores particulares, adoptando no solo políticas económicas, sino modos y hábitos culturales impuestos por los países centrales, aquello que aún pareciendo una broma se ha denominado irónicamente la "cocalización de las culturas" (Carlos Berzosa,1999), es decir la transformación de valores distintivos de un pueblo en valores ligados a lo foráneo como medio de "distinción" individual. De este modo señala Castoriadis el fenómeno:

 

La descomposición se ve sobre todo en la desaparición de las significaciones, la evanescencia casi completa de los valores. Y esta evanescencia es, en última instancia, amenazadora para la sobrevivencia del sistema mismo. Cuando se proclama abiertamente que el único valor es el dinero, el provecho, que el ideal sublime de la vida es enriquézcase, ¿es posible concebir que una sociedad pueda seguir funcionando y reproduciéndose sobre esa base? (...) Que los ciudadanos están sin brújula es cierto, pero se debe justamente a este deterioro, a esta descomposición, a esta usura sin precedentes de las significaciones imaginarias sociales (97:115-115)

 

Desde una perspectiva sociocrítica nos ha interesado en nuestro trabajo reflexionar acerca de estos factores que definen una crisis de los valores, las normas y las referencias que hacen funcionar a una sociedad. Reflexionar a través del análisis de sus discursos humorísticos acerca de su capacidad de respuesta, de crítica y problematizaión de sus conflictos actuales o pasados o de su incapacidad para crear nuevas significaciones sociales y de cuestionarse a sí misma.

 

2. El marco teórico

 

En general, los teóricos actuales se remiten al pensamiento de Pierre Zima y de Claude Duchet cuando tienen que hablar de la constitución, -a principios de los 80- del campo conceptual de la sociocrítica, cuyo punto de partida es, por una parte, la necesidad de distinción del campo de una sociología de la literatura (aún reconociendo los aportes de Goldmann o Escarpit) y por la otra, la delimitación de su objeto de estudio.

Con respecto de la primera cuestión, muchos de los preceptos sociocríticos se orientan a "corregir", por decirlo de algún modo, los excesos de una crítica literaria sociológica cuyo objetivo central ha sido siempre explicar la naturaleza social de los fenómenos literarios. Por el contrario, la sociocrítica se ha propuesto rescatar el estatuto de lo social en el texto, entendiendo a lo discursivo como una estructura de mediación.

Claude Duchet entiende la propuesta de un análisis "socio-textual", debe reorientar

 

la investigación sociohistórica desde afuera hacia adentro, es decir, hacia la organización interna de los textos, sus sistemas de funcionamiento, sus redes de sentido, sus tensiones; hacia los encuentros entre sí de discursos y saberes heterogéneos. Resumiendo, y quizá por capricho, la sociocrítica quisiera apartarse a la vez de una poética  'de los restos', que decanta lo social, y de una política de los contenidos, que descuida la textualidad. Desde luego, le interesan tanto las condiciones de producción literaria como las de lectura o legibilidad, las cuales remiten a otras encuestas, pero precisamente, para señalar en las obras mismas la inscripción de esas condiciones, inscripción indisociable de la 'textualización'. Efectuar una lectura sociocrítica en cierto modo, significa abrir la obra desde dentro, reconocer o producir el espacio conflictivo en donde el proyecto creador tropieza con resistencias, con el espesor del 'ya-allí', con los constreñimientos de un 'ya-hecho', con códigos y modelos socio-culturales, con las exigencias de la demanda social y de los dispositivos institucionales (1991:44)

 

El punto de vista

 

Por lo tanto, para la delimitación del objeto de estudio (segunda cuestión) se hace necesaria una teoría y una práctica analítica del discurso social, propuesta desarrollada ya con bastante amplitud por los teóricos canadienses a partir de la obra de Bajtín (Marc Angenot y Regine Robin, fundamentalmente) y por el investigador de la Universidad de Montpellier, Edmomd Cros, a partir del pensamiento de Michel Foucault.

Pueden pensarse en principio, en dos formas básicas para abordar los modos en que el discurso social se inscribe en el discurso literario: 1. estudiar cómo el texto contribuye a producir el imaginario social, ofrece a los sujetos sociales figuras de identidad. Pareciera ser el modo fundamental de funcionamiento de algunas clases de textos que interesan para nuestra investigación: la publicidad, los textos de la cultura juvenil con su carga fuertemente identitaria, el discurso televisivo. 2. un punto de vista genético que se pregunta cómo lo social llega al texto. Angenot-Robin (1991) tratan de articular las dos perspectivas entendiendo que toda relación de la literatura con lo real, se realiza mediante lenguajes y discursos y que tales reflexiones corresponden a la lógica fundamental de una investigación sociocrítica.

 

El objeto

 

El discurso social aparece en el texto como un palimpsesto o como un collagepolifónico y requiere del estudioso al menos un doble trabajo: buscar en los discursos de la época las condiciones mismas de legibilidad de los textos, y valorar las particularidades del texto como tal, señalando los procedimentos de absorción y transformación del discurso social. Queda claro que dos textos de una misma època, que trabajan sobre el mismo corpus socio-discursivo nunca son iguales porque, en la operación pretextual, el buen escritor es – como dice Robin – "el que se apodera de la buena pieza" (91:57)    

Esta operación de selección sobre el corpus sociodiscursivo implica una circulación múltiple de géneros y de enunciados en el interior de la textualidad, dos modos de circulación (interdiscursividad) y de absorción de fragmentos textuales (intertextualidad), desarrollados a partir de la poética bajtiniana:

 

El texto es un dispositivo interdiscursivo e intertextual que absorbe y vuelve a poner de modo específco y singular las representaciones de lo real presentes en el 'ya-allí' del discurso social (Angenot-Robin, 91:77).

 

 Es interesante además, el aporte de la noción de "sociograma" (que fuera acuñada por Duchet y creemos superadora de la de "ideologema" de Kristeva y de "idiosema" de Edmond Cros). Mientras que el ideologema es unívoco (una unidad con carga ideológica que pasa de lo social a lo textual), el sociograma está pensado como un aglomerado menos aislable con fronteras inestables que no deja de transformarse en su dinámica interna. He aquí la definición de Duchet:

 

Conjunto borroso, inestable, conflictivo, de representaciones parciales centradas en torno de un núcleo, en interacción unos con otros (91:55).

 

Está claro que el problema de la ideología se encuentra en el centro de los debates sociocríticos.

 

La ideología: de lo discursivo a lo textual

 

En general, la sociocrítica desplaza la perspectiva marxista que la entiende como un sistema de representaciones dominante que cumple un papel histórico en una sociedad dada (Althusser), hacia la idea de que la ideología es inestable y de que es a la vez condición y producto de todo discurso.

Para Duchet, pensar la ideología desde el discurso implica reponer la historia en el espacio textual.

 

El texto-señala- historiza y socializa aquello de qué habla, aquello que dice de manera distinta; su coherencia estética (su diferencia) es tributaria de condiciones contingentes tanto a lo 'scriptible' como a lo legible (91:49).

 

Consideramos que la ideología está inscripta en todas las formas de dialogismo, es parte de su heterogeneidad constitutiva y por lo tanto en el paso de lo discursivo a lo textual, necesariamente, el discurso ideológico se transforma mediante un proceso estético que produce efectos diferentes.

Este paso supone a nivel metodológico, la lectura situada del discurso social y su concreción figurativa en uno o varios textos.

En el caso de los discursos humorísticos que nos ocupan en este libro, podríamos pensar en ciertas figuras discursivas que provienen de lo social -el antihéroe, la mujer sometida o liberada, el viajero, el intelectual, ciertos espacios y referencias temporales- que al hacerse escritura, estructuran en un conjunto de imágenes y enunciados un sociograma complejo e inestable, a veces crítico (propone nuevos modelos de hombre y sociedad) y a veces reforzador de estereotipos (el macho, la mujer liberada, el hacer de los jóvenes, los políticos, etc). Se trata de observar de qué modo estos textos recogen elementos, "piezas" del gran rumor de los discursos sociales y construyen representaciones sociales complejas y contradictorias.

Cuando Angenot se pregunta ¿Qué puede hacer la literatura?    (92:9) en vez de ¿qué es la literatura?, en realidad está preguntando de qué modo las absorciones y reinscripcones que realiza del discurso social, refuerzan la hegemonía (la "entropía dóxica") o cuestionan el orden del discurso y lo reconstruyen en la obra según una lógica que perturba el orden dominante. Las dos tendencias no se excluyen, pueden aparecer juntas en un mismo autor, o en una misma clase de discurso de una época.

Nos ha parecido que esta ambivalencia se da en el caso del humor de los 90, según la clase de texto que miremos: textos en los que se concreta la ideología dominante o textos que la desplazan, la ironizan, crean lugares de tensión. Tal vez no sea subversión, porque parece excesivo. Tal vez, serían formas de per-versión, es decir de versiones-otras de los discursos hegemónicos.

Tomando la idea bajtiniana de que todo signo es ideológico, la perspectiva sociocrítica  sostiene que en los discursos (como conjunto sígnico) pueden verse las marcas de lo histórico-social sin que ellas sean evidentes, pero que implican confrontaciones, expresan intereses grupales o particulares, y ocupan distintas posiciones (dominante/ dominada, central/periférica, etc.)

Al hablar de las reglas de funcionamiento del discurso social, Angenot entiende que éstas no conforman  un sistema rígido ya que muchos elementos escapan a su control y que en algunas que muchos elementos escapan a su control y que en algunas instancias  – condiciones históricas particulares –  ponen en marcha novedades, innovaciones, cambios discursivos que pueden erigirse en “contradiscursos”.

El desarrollo de la categoría de “contradiscurso” implica en primera instancia, plantearse los modos de funcionamiento de la HEGEMONIA, ya que ésta responde a mecanismos reguladores del trabajo discursivo que garantizan una cierta homogeneidad de las tópicas y las retóricas del decir social.

Mientras que el paradigma hegemónico (aquello que en el discurso social pertenece al ámbito de lo dominante), implica considerar las nociones de homogeneidad/aceptabilidad/legibilidad, algunas rupturas críticas o emergentes pueden ser pensadas como contradiscursos.

Puesto que el discurso social no es – aunque lo pretenda – un bloque unitario o cerrado, su propia dinámica permite la existencia de zonas difusas donde se erigen valores o ideas contestatarias, versiones – otras – como las llamamos precedentemente- de los discursos centrales, aquellos que, ubicados en los bordes, se pueden definir como HETERONOMOS.

El paradigma correspondiente al trabajo contradiscursivo o heterónomo  nos ha llevado entonces, en el desarrollo teórico-metodológico, a pensar las nociones de heterogeneidad/novedad/disidencia.

A partir de la consideración de distintos estados del discurso social de la Argentina en los 90, la diversidad de lenguajes y prácticas significantes,  nos detenemos particularmente en la heterogeneidad de los discursos humorísticos. En sus modalidades mediáticas, hipertextuales y literarias se puede determinar de qué modo, en qué grado y mediante qué estrategias proponen lecturas diferentes de lo social, imponen rupturas, desplazamientos y transgresiones a la norma oficial o se erigen en posibles contradiscursos  que hacen visibles tabúes y censuras, producen distancia crítica frente a las representaciones canónicas,  resignificando ciertas prácticas sociales.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

BIBLIOGRAFIA

 

ANGENOT, Marc; (1998) Interdiscursividades. CEA, Universidad Nacional de Córdoba. Comp.:A Boria Y M.T.Dalmaso

 

ANGENOT, DUCHET, ROBIN  y otros; (1992) La politique du texte. Enjeux sociocritiques. Presses Universitaires de Lille, France.

 

ANGENOT, ROBIN, ZAVALA, MALCUZYNSKI y otros; (1991) Sociocríticas. Prácticas textuales. Culturas de fronteras. Editions Rodopi, Amsterdam.

 

CASTORIADIS, Cornelius; (1997) El avance de la insignificancia. Ed. Eudebea, Buenos Aires.

----------------------;  (1998) Hecho y por hacer. Pensar la imaginación. Ed. Eudeba, Buenos Aires.

 

DEBORD, Guy; (1999)La sociedad del espectáculo. Ed. Pre-textos, Valencia.

 

LIPOVETZKI,         La era del vacío

 

LYOTARD, J.F.; (1987) La condición postmoderna. Ed. Cátedra, Madrid.

 

LUDMER, Josefina (comp.); (1994) Las culturas de fin de siglo en América Latina. Beatriz Viterbo Editora. Rosario, Argentina.

   

SCHILLER, D., BERZOSA, C. y otros; (1999) Retos de la postmodernidad. Ed. Trotta, Madrid.



[1]Podemos adherir al concepto de "globalización" expuesto por Dan Schiller: "expansión sistemática de las relaciones capitalistas de producción a través de las fronteras nacionales. La globalización implica internacionalización de flujos financieros y económicos que impone nuevas limitaciones a las opciones de la política nacional" (99:231)

[2]Datos informados en La vanguardia, septiembre 1999. "Balance de una década oprobiosa".